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Full text of "Para las ánimas : comedia en un acto y en prosa"

8 2 3 4 

ADMINISTRACIÓN 

LIRIOO-DEAMATIOA 



PARA LAS ANIMAS 



COMEDIA EN UN ACTO Y EN PROSA 



ORIGINAL DE 



DOMINGO GUERRA Y MOTA 



MADRID 

CEDACEROS 4, SEGUNDO 

189 5" 



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para las Animas 



Digitized by the Internet Archive 

in 2012 with funding from 

University of North Carolina at Chapel Hill 



http://archive.org/details/paralasnimascome2518guer 



ADMINISTRACIÓN 

LIRIOO-DRAMATIOA 




DOMEDIA EN UN ACTO Y EN PROSA 



ORIGINAL DE 



DOMINGO GUERRA Y MOTA 



Estrenaba con buen'éxito en el TEATRO CERVANTES de Sevilla la noche 
del 30 de Marzo de 1895 



SEVILLA 



Imp. de Francisco de P. Díaz, Gavidia 6 
1895 



REPARTO 
Personajes Actores 



ADELA Srta. D. a Milagros Pierrat. 

ROSA. . . . . . , . Sra. D. a Micaela Calle. 

JUANA ...... Srta. D. a Cecilia Delage. 

LUIS. ...... Sr. D. Waldo Fernández. 

CARLOS ..... „ „ Luis L. Echaide. 

CLAUDIO „ „ Carlos Tojedo. 



Época actual 



Las indicaciones están tomadas del lado del espectador. 



Esta obra es propiedad de su autor, y nadie podrá, sin su 
permiso, reimprimirla ni representarla en España y sus pose- 
siones de Ultramar, ni en los paises con los cuales haya cele- 
brados ó se celebren en adelante tratados internacionales de 
propiedad literaria. 

El Autor se reserva el derecbo de traducción. 

Los comisionados de la Administración Lírico-Dramática 
de DON EDUARDO HIDALGO son los encargados exclusiva- 
mente de conceder ó negar el permiso de representación y del 
cobro délos derechos de propiedad. 

Queda hecho el depósito que marca la ley. 



Á MI BUENA AMIGA 

DOÑA MICAELA CALLE 



Como recuetc/o por ia admiíaoié tntezpietación 
au& ni'zo cte su t>a¿>efc/e Ql/oo5a en esta ooitfa. 
Q)u armo- 

éi auto». * 



ACTO ÚNICO 



Habitación con buenos muebles pero con mal gusto decorada. Puerta al foro y la- 
teral derecha. Balcón á la izquierda y chimenea en segundo término. Mesa vela- 
dor con recado de escribir. 



ESCENA PRIMERA 

ADELA, JUANA y LUIS 

JUANA. (En la puerta del foro dejando entrar á Adela y Luis entra después.) 

Aquí pueden los señores esperar. 

Luis. ¿Dices que salieron tus amos hace tiempo? 

Juana. Sí señor: por eso creo que no tardarán en volver. 

Luis. Bien, esperaremos un ratito. 

Juana. Si los señores no desean alguna cosa.... 

Luis. Nada; puedes marcharte. 



Adela. 



ESCENA II 

ADELA y LUIS 

Vamos á ver, maridito, ¿puedo ya saber á quienes 
venimos á visitar? (s e sienta.) 



668532 



_ 8 — 

Luis. ¿No te lie dicho que es á un antiguo amigo y com- 

pañero? 

Adela. Sí, eso ya lo sé, pero nada más. Yo deseo saber quién 
es ese amigo y quién es su mujer. 

Luis Quien és el amigo te lo diré, pero quien és su esposa 

no, porque no la conozco. Carlos García, que así se 
llama, estudió conmigo en el colegio cuando niños, y 
jóvenes luego concluimos juntos la carrera militar. 
Nos separamos siendo los dos tenientes de artillería 
y después de cuatro años de no tener noticias suyas, 
recibí una carta en la que me anunciaba su casamiento 
y su residencia en Madrid. Han pasado dos años de 
esto, y al ser destinado hoy á la corte, he sentido de 
seos de abrazarlo porque es un amigo á quien quiero 
mucho. 

Adela. Bueno. Y respecto de sus condiciones podrás decir- 
me algo, ¿verdad? 

Luis. Ya lo creo. Mira, tiene unos veintisiete años, mi edad 

próximamente. Más guapo que yo, eso sí, la verdad 
ante todo. 

Adela- (con cariño y algún mimo.) ¿Más guapo que tu? ¡Tonto! 
¿Qué más quisiera él que parecerse á tí? 

Luis. Pero mujer, si no lo has visto todavía 

Adela. Como si lo viera. ¿Mejor que tu? No, no, por esa si 
que no paso. 

Luis. Bueno. Pues más feo que yó. 

Adela. Corriente, eso, eso. Pero no son las condiciones físi- 
cas las que yo quiero conocer, sino las cualidades 
morales. 

Luis. ¡Ah! Pues es un buen muchacho. Muy religioso, nun- 

ca ha tenido vicios, es decir, durante el tiempo que 
yo le traté.... 

Adela. ¿De modo que es un santito? 

Luis. Tanto como para colocarlo en el calendario, nó, pero 

es un buen chico. No ha tenido siempre más que una 
sola aspiración. 

Adela. ¿Cual? 

Luis. La de hacerse rico á toda costa, 



¡Qué afán de dinero! 

Y lo ha conseguido, porque según me decía en aque- 
lla carta se había casado con una mujer bastante rica. 
Sí, ya se conoce por el aspecto de la casa. Tiene 
muebles de mucho valor pero con muy mal gusto com- 
binados. 

Mira, cuando nos echábamos las novias, había que 
ver como ajustaba las cuentas sobre el capital que 
cada una tenía. Mas de cuatro veces reñimos por 
esto. 

¿Pero tú también las ajustabas? 
Yo no, sino al rebatirle los argumentos que em- 
pleaba en la distribución de la soñada riqueza que 
había de darle la felicidad. 

Pues indudablemente tu amigo la habrá conseguido. 
Así lo creo. 

¿Y tú por qué no has buscado lo mismo? 
Porque yo siempre he pensado de otro modo. Mi ami- 
go será feliz por medio del dinero y yo lo soy por me- 
dio de tu cariño. 

Es que se pueden tener las dos cosas. 
En efecto, pero yo me contento con una. (pausa.) 
(Levantándose y mirando los muebles.) ¡Que cortinaje tan or- 
dinario! Qué mal gusto demuestra tener la dueña de 
Ja casa. (Cogiendo un retrato que habrá en la chimenea.) Aquí 
hay un retrato ¿será el de tu amigo? 
(Acercándose y mirándolo.) ¿A ver.'' bi, este es. 
(con mimo.) ¿No lo decía yo? ¿Más guapo que tu? (ceja 
el retrato y coje otro del mismo sitio.) ¡Ay! mira, este debe 
ser el de su mujer. ¡Es muy linda! ¡Ya se vé! (Ense- 
nándolo á Luis.) ¡Quéjovencita! ¡Es casi una niña! Y qué 
ojos tiene tan bonitos. 

Es verdad; pero mucho mejores son los tuyos. 
No, no, que son estos muy bonitos, (Deja el retrato y coje 
otro.) Oye, Luis, y aquí está la suegra. (Enseñándole el 

retrato y con coquetería.) Esta si que no los tiene como los 

míos, ¿verdad? 

¡Mujer! 

2 



— iü — 

Adela.. No es vieja. Representará unos cuarenta y ocho a cin- 
cuenta años. (Fijándose en el retrato.) Qué poco se pare- 
ce á la hija. Tiene el aire de familia, pero nada más. 
(Deja el retrato y acercándose al velador toma un libro.) Un li- 
bro de cuentas. Letra de mujer. ¡Ay! ¡mira, mira! Es 
, casi una niña y lleva las cuentas de los gastos de la 
casa. Voy áver. Pero no, no, esto no debo hacerlo. 

Luis. Anda, curiosilla, mira lo que quieras. Se trata de un 

amigo de toda mi confianza. 

Adela. (Leyendo en el libro.) "Ingresos del mes de Mayo. Dos 
mil pesetas." 

Luis. No es mala renta. 

Adela. (Leyendo.) "Gastos del mes. Resumen. Eo la casa no-, 
vecientas pesetas. Atenciones religiosas doscientas 
cincuenta. Tocador, cien." (con extrañeza.) ¿Cien pese- 
tas? Sí, no me he equivocado. 

Luis. Será un tocador nuevo que ha comprado. 

Adela. Eso será, porque, la verdad, en polvos y jabones me 
parece mucho para un solo mes. (Leyendo.) " Gastos de 
mi marido" (con gran curiosidad.) ¡A.y! vamos á ver, va- 
mos á ver, (Leyendo con extrañeza.) "Diez pesetas." 

Luis. Diarias. 

Adela. No, no, en todo el mes. 

Luis. ¿Has leido bien? 

Adela. Sí, mira, un uno y un cero. 

Luis. ¿A ver el total? 

Adela. (Leyendo.) "Mil doscientas sesenta, restan setecientas 
cuarenta para la caja de ahorros" (Dejando el libro.) Qué 
económico es tu amigo. No eres tú lo mismo. 

Luis. (con algún enojo.) Cierto. Yo despilfarro de una manera 

horrorosa. Tengo muchos vicios y muy malos. Ya 
ves, el tabaco, el café.... =^ 

Adela. (con cariño.) No te enojes, tonto. Si es una broma. Lo 
que yo deseo es que puedas gastar más y no tengas 
privación alguna, pero con el modesto sueldo que tie- 
nes no se puede hacer otra cosa. . 

Luis. Es verdad ,pero no me hace falta nada, (pausa.) ¿Sabes 

que ya se tardan demasiado? (Toca el timbre que habrá so- 



— 11 — 

broel velador.) Si t© parece daremos un paseo y volve- 
remos después. 
Adela. Como tú quieras. 



ESCENA III 
DICHOS y JUANA 

Juana. (p or e i foro.) ¿Qué mandan los señores? 

Luis. Nos marchamos y volveremos luego. Cuando venga 

el señorito entrégale esta tarjeta. 
Juana. Está muy bien. 
ADELA. Adiós, (se van por el foro Adela y Luis.) 



ESCENA IV 
JUANA 

Juana. Voy á ver si está mi Julián en la esquina. (Abre el bal 
con y se asoma. ) «b allí esta, (saca el pañuelo y hace señas. ) 
No ve la seña. ¿Será distraido? ¡Eh! Está mirando á 
una chulapa que pasa por su lado. La habla muy en- 
tusiasmado. ¡Habrá tunante! Y ella se ríe. ¿Qué le es- 
tará diciendo el muy.... Se acerca más y le habla al 
oido. Ella echa á correr y él vuelve la cara para verla 
ir. ¡Valiente tuno! Me las pagarás. Ya viene hacia 
acá, pero sigue volviendo la cara. ¡Pillo! ¡Me alegro! 
Ha tropezado con un burro, (pausa.) Ya está aquí. 

(Cerrando el balcón y retirándose con enfado.) irues lo que 63 
conmigo no 'te ríes, (suena dentro una campánula.) Ya es- 
tán ahí los señores, (seva por el foro.) 



— 12 — 

ESCENA V 
ROSA y CARLOS ' 

(por el foro. Rosa en traje de calle y sombrero algo ordinario. Carlos vestirá cazado- 
ra y pantalón negros, chaleco blanco y corbata verde claro. Traerá en una mano una 
sombrerera y en la otra una sombrilla envuelta en un periódico. Figurará venir can- 
sado y abatido y al sentarse en una butaca dejará en el suelo á los lados los dichos 
objetos, quedando pensativo.) 

ÜOSA. (Sentándose algo retirada de Carlos dirigiéndose á este que no la es- 

cucha,) Vaya, ya estamos en casita. Que quiera una 
que no siempre la han de entretener en las tiendas. 
La verdad es que á mi me distinguen y me presen- 
tan todas las últimas novedades. Como saben que 
tengo tan buen gusto ¡claro! se esmeran los pobres en 
servirme, (pausa.) ¡Que amable es ese Federico! "Se- 
ñora, usted que es tan elegante ¿por qué no se lleva 
este traje tornasolado azul y verde rana? Le sentaría 
á usted divinamente 1 " A uu ofrecimiento hecho en 
esta forma ¿quién se resiste? Mándemelo á casa, con- 
testé enseguida. Pues, ¿y el perfumista? Acabo de re- 
cibir, me dijo, un extracto delicioso. Último adelanto 
de la industria, desconocido hasta ahora apesar de 
haber sido el primer perfume que usaron nuestros 
padres. Esencia de manzanas del Paraíso. Debe us- 
ted llevarlo y verá que cosa más exquisita. Póngame 
usted un par de kilos, contestó yo distraída y ¡con 
qué delicadeza celebró la ocurrencia el perfumista! 
Vamos, que hubiera sido una grosería venirme sin 
las manzanas, digo, sin los frascos, (pausa). La que 
estuvo un poquito grosera fué la de los sombreros. 
Quiero un sombrero sumamente fino, y, como era la 
primera vez que entraba en su casa, sin duda me cre- 
yó una cursi cualquiera y me presentó uuo de tercio- 
pelo negro con un ligero adorno amarillo. Pregunto 



— 13 - 

sonriendo el precio de aquel espantajo y me dice: "pa- 
ra usted treinta y cinco pesetas." ¡Para mi! ¡Para mi! 
Como si yo acabase de llegar de alguna aldea. Saque 
usted sombreros de los más caros, y entonces al ver- 
me elegir el más elegante pudo apreciar quien era 3^0 
y la falta que había cometido. Saca el sombrero, Car- 
los. (Carlos saca de la sombrerera un sombrero de mujer algo cursi.) 
¡Qué lindo es! Noventa y cinco pesetas. La verdad es 

que no me bacía mucba falta, pero no quiero que me 

Vuelva á suceder lo de ayer, (carlos guarda el sombrero.) 

Las de López, ya las conoces. Esas cursilonas que no 
tienen sobre que caerse muertas, al verme pasear por 
el Prado se sonrieron como diciendo: "la pobre trae 
el mismo sombrero hace un mes." ¡La pobre! Como si 
yo hubiera necesitado á ellas nunca. Ellas si que vi- 
vieron á costa de mi papá durante mucho tiempo. 
¡Y qué ordinarias han sido siempre! Carlos, vamos á 
ver lo que hemos gastado. Apunta en un papel, (carlos 
se acerca al velador y tomando papel y pluma figura escribir.) El 
sombrero noventa y cinco pesetas. La sombrilla vein- 
te, dos frascos de esencia treinta... ¿Total?... 
Ciento cuarenta y cinco. 

Yo te di al salir de casa ciento cincuenta, han sobra- 
do por tanto, cinco. Dámelas. 

(Sacando del bolsillo del chaleco algunas mouedas.) -cues no re- 
sulta eso. Aquí no tengo más que una con setenta y 
cinco. 

No puede ser. ¿Que más hemos comprado? ¡Ah, ya! 
La corbata para ti. Tres pesetas. Tienen que sobrar 
dos. 

Pues tampoco sale. 

Como que no se ha contado la cajilla de cigarros tuya. 
Un rea!. 

Tienes razón. Ahora sale bien. Toma. (Le entrega el 
dinero.) 

¿Te gusta la corbata? 

Como es del mismo color y clase de la que tengo 
puesta... 



— 14 — 

Rosa. ¿No te agrada quizás? Pues ya sabes que ese es el 

color más elegante. Mi difunto papá no usó otro en su 
vida, porque decía con muellísima razón, que un hom- 
bre con americana y pantalón negro, chaleco blanco 
y corbata verde iba bien á todas partes. ¡Ay! parece 
que lo estoy viendo. ¡Qué buen gusto tenía! Por eso 
quiero que vistas como él... Cuando paseaba por Re- 
coletos se llevaba todas las miradas. Era un figurín 
Todos decían ahí va don Agustín el almacenista de 
tiigo. ¡Qué elegante! Su corbata llamó tanto la aten 
■ ción que se puso de moda y no hubo caballero de 
buen gusto que no la usara. Era muy distinguido por- 
que tenía muy buen aire. El pobrecito murió de un 
aire de perlesía. ¡Ay! si hoy viviera sería muy dicho- 
so al verme casada con un hombre como él quería. 
¡Pobrecito mío! Le tomaba cariño á todo el mundo. Te- 
nía un perro do Terranova negro con el pecho blanco. 

Carlos. Y corbata verde. 

Rosa. Si, con un collar verde, precioso. ¡Animalito! murió 

de la misma enfermedad que mi papá: de otro aire de 
perlesía. Los funerales fueron. suntuosos. 

Carlos. ¿Los del perro? 

Rosa. No hombre, I03 ele mi papá. No quedó abierta en to- 

do Madrid aquel día ni una sola tienda de comesti- 
bles y basta Cánovas lo acompañó al cementerio. 

Carlos. Estaba bien relacionado con los nombres políticos. 

Rosa. No, si Cánovas era el perro. 

Carlos. Ya. 

Rosa. Al pobre lo agasajaron mucho porque era muy bueno. 

Todavía conservo un rizo de su pelo. 

Carlos. ¿Pues no me has dicho que tu padre, era calvo? 

Rosa. Pero si te hablo del perro. Mi papá sí lo era, pero á 

pesar de eso era muy buen mozo. ¡Si lo hubieras co- 
nocido! Tenía cierto parecido á ti. Un poco más bajo 
y más grueso, pero así desde lejos con el mismo traje 
que él te das cierto aire... 

Carlos. (De perlesía.) 



— 15 - 
ESCENA VI 

DICHOS y JUANA 

(Poreiforo.) ¡Señorito! 
¿Qué quiere? 

(Entrando.) Se rae había olvidado decir á usted que han 
estado aquí unos señores que querían verlos y des- 
pués de esperar un rato se marcharon dejando esta 
tarjeta para usted y diciéndome que volverían. (Entre 
ga una tarjeta á Carlos.) 
¿Quienes son esos señores? 

¡Qué sorpresa tan agradable! Mi compañero Luis Pé- 
rez y su mujer. 

(con prevención.) ¿Quién es ese Luisito? 
Un condiscípulo y compañero de carrera. 
(Con ironía.) ¡Un militar! (con algún imperio y enojo.) x& sa- 
bes que no me hacen ni pizca de gracia los militares, 
porque son todos demasiado alegres y bulliciosos. 
¿Entonces por qué te casastes conmigo? 
Porque dejaste de serlo pidiendo el retiro definitivo. 
De otro modo no hubiera ido al altar. ¡Militares! Afi- 
cionados á cafés, tertulias y mil excesos semejantes 
que se avienen muy mal con mi carácter. Nada, na- 
da, ya sabes, cuando venga tu amigo... 
Lo arrojo á la calle, ¿no es eso? 

No, puedes recibirlo, pero en casita ¿eh? Nada de sa- 
lir con él á ninguna parte. 

Bueno, mujer. Juana, cuando vengan esos señores 
que pasen. 

Está bien, señorito. (¡Ay, qué marido y qué mujer!) 
(se vapor el foro.) 



16 — 



ESCENA VII 



ROSA y CARLOS 



Rosa. Ahora voy á salir un momento porque tenernos reu- 

nión las señoras de la conferencia. Y á propósito de 
la conferencia. ¡Si vieras como me estoy relacionan- 
do con las marquesas y condesas! Ese es mi elemen- 
to. No puedo remediarlo, me gusta la gente alta, ¡al- 
ta! Yo nací para duquesa; y quien sabe, quien sabe 
si andando el tiempo... 

Carlos. Otras lo han conseguido. 

Rosa. Ya lo creo, con bastante menos razón que yo. Eso 
mismo me decía la otra noche la marquesa de la Pal- 
ma. "Yo gestionaré para usted un título porque no 
debe usted pasar sin él." ¡Ya lo creo que no debo pa- 
sar! ¡Y que simpática y amable es esa marquesa! 
Tiene mucha influencia con los ministros. A mi me 
quiere mucho. Ya ve3, hasta me consultó si yo tenía 
alguna finca cuyo nombre fuese apropósito y convi- 
nimos las dos, después de mucho charlar, en que el 
más bonito era el que ella me indicaba, (con énfasis.) 
"Duquesa de la Dorada Espiga." Muy lindo, ¿verdad? 

Carlos. Mucho. Parece que se está viendo el trigo y todo. 

Rosa. Conque hasta luego, Garlitos. ¡Ah! Si viene don Clau- 

dio y trae el trajecito bordado para el niño Jesús, 
dile que vuelva luego con la cuenta para pagársela. 

Carlos. Sabes que ese don Claudio hace tiempo que me pare- 
ce un farsante; que no es lo bueno que tu te figuras." 

Rosa. No digas esas cosas. Ese hombre es un santo y no 

hay motivos para esa sospecha. 

Carlos. Bueno, bueno. 

Rosa. Que tu no salgas de casa, ¿eh? Yo vuelvo enseguida. 

Carlos. Está bien, mujer. ( Se va Rosa por el foro.) 



- 1? - 

ESCENA VIII 
CARLOS 

(con alguna ira.) ¿Y que tenga yo que tolerar esta tira- 
nía? ¿Qué tenga que vivir supeditado á esta mujer? 
(Con más Ira y dando un golpe sobre el timbre que lo hace sonar.) 
¡Esto es horroroso! (Transición y con caima.) ¿Pero de qué 
me quejo? ¿Nó me casé por mi gusto? ¡Ah! si no fuera 
por el testamento que tienes hecho á mi favor ya sa- 
brías tú quién era Carlitos. 

ESCENA IX 
CARLOS y JUANA 



Carlos. 

Juana. 

Carlos. 

Juana. 

Carlos 

Juana. 



(Por el foro.) ¿Qoé manda el señorito? 
Nada. No te he llamado. 
Como oí sonar el timbre, creí.... 
Oistes mal. 
Entonces.... 

Espera. (Qué diferencia entre mi mujer y.... y eso que 
esta es una criada. Pero vale más, mucho más indu- 
dablemente.) Escucha, Juana. 
(Acercándose) Ya oigo. ;Qué manda usted? 
Que me mires frente á frente. 

Vaya una ocurrencia. ¿Nada más que eso? (Mirando con 
descaro.) Pues ya está. 
¿Qué edad tienes? 

¿Otra vez? ¿No lo sabe usted ya? Diez y nueve años. 
(Y mi mujer cuarenta y ocho.) Acércate más. 
(con prevención.) ¡Señorito! ¿Vamos á empezar? 
Pero ¿porqué tienes esa cars? 
¡Toma! por que no tengo otra mejor. 

3 



~ 18 — 
Cáelos. Mejor que esa sería muy difícil. (s e levanta é intenta abra* 

zar á Juana.) 
Juana. Estése usted quieto que no tengo el humor para 

bromas. 
Cáelos. No seas uraña, tonta. 
Juana. Pero ¿qué quiere usted? 
Carlos. Nada más que esto. (La abraza.) 
Juana. (Fingiendo enfado.) Señorito, suelte usted. (Me alegro. 

Ya me las pagó Julián.) 
Cáelos. (separándose.) Tu has reñido hoy con tu novio. 
Juana. (con estrañeza ) ¿Cónio lo sabe usted? 
Cáelos. No, me lo he figurado. Anda, dame otro abrazo. 
Juana. No, con uno es bastante para que él rabie. 
Carlos. ¿Pero cómo va á rabiar por eso si no lo sabe? Por 

supuesto que no es preciso que lo sepa. 
Juana. El no lo sabe, pero lo sé yo que es lo mismo. 

CARLOS. Ya. (suena dentro una campanilla.) 

Juana. Llaman. Voy á ver quién es. (se va por eiforo.) 



ESCENA X 



CARLOS y CLAUDIO 



Claudio. (En la puerta del foro,) Deo gratias. 

Carlos. Venga usted con Dios. (Ya está aquí el beato.) 

Claudio. ¿Se puede pasar? 

Cáelos. Sí, adelante. 

Claudio. (Entrando.) No sé si seré inoportuno y sentiría mo- 
lestar.... 

Cáelos. No señor, no molesta usted. 

Claudio. Un millón de gracias, don Carlos, usted siempre tan 
amable y tan bondadoso. 

Carlos. Siéntese usted. (Pues señor, este hombre es un hipó- 
crita.) 

Claudio. Un millón de gracias. (s e sienta.) Pues aquí traigo.... 

(Señala una caja de cartón que traerá en la mano.) 

Cáelos. El vestidito del niño Jesús, ¿no es eso? 



— 19 — 



Claudio. 



Carlos. 

Claudio, 

Cáelos. 

Claudio. 



Cáelos. 



Claudio. 



Carlos. 

Claudio. 

Cáelos. 

Claudio. 



Carlos. 

Claudio. 
Carlos. 

Claudio. 

Carlos. 



Precisamente. Ahora vengo de casa de la bordadora 
que lo acaba de concluir. (Abriéndola caja y enseñándola á 
Carlos.) Mire usted qué traje tan primoroso. 
No está mal hecho, por más que yo no entiendo de 
estas cosas. 
Ay, pues yo sí. 

Es natural. La costumbre de..,. 
Sí, da ver muchas confecciones de esta clase me ha 
hecho perito en la materia. Veinte años hace que me 
dedico á estos encargos piadosos y créame usted, don 
Carlos, como este trabajo (indicando la caja.) he visto 
poco?-!, muy pocos. 

¡Veinte años nada menos! Y diga usted, don Claudio, 
¿durante todo ese tiempo no se ha ocupado usted en 
otra cosa? 

Sí, señor pero todo relacionado con el culto de nuestra 
santa religión y así, con ayuda de Dios y de las bue- 
nas almas, he pasado y paso los días en este valle de 
lágrimas hasta que Dios tenga á bien disponer de 
este pobre pecador. 

Pero según tengo entendido, usted no cobra nada por 
esta especie de corretaje que hace. ¿No es así? 
Así es efectivamente. 

Trabaja usted entonces sin recompensa alguna. 
La recompensa la espero ea otra purfce. Aquí vivo de 
las limosnas que me dan. A mi trabajo nunca he pues- 
to precio. Pero gracias al Señor nunca me ha faltado 
lo necesario. Hay muy buenas y muy piadosas almas 
en este mundo . 

Sí. (Lo dicho, este hombre es un farsante.) Pues mi 
mujer ha salido. 
¡Ah! ¿No está ea casa la señora? 
No, pero me encargó que le dijese á usted que vol- 
viera cou la cuentecita. 

No corre prisa alguna. Nada de eso. Ya vendré otro 
día. 

No, no, no. Usted sabe lo puntual que es ella y no le 
agradaría... 



20 — 



Claudio. 



Garlos. 
Claudio. 



Carlos. 
Claudio. 
Carlos. 
Claudio. 



Carlos. 



Claudio. 
Carlos. 

Claudio. 
Carlos. 



Claudio. 
Carlos. 



Claudio. 
Carlos. 



Claudio. 
Carlos. 



Pues entonces la traeré. No quiero dar ocasión k que 
se disguste la señora que es una santa, don Carlos, 
¡una santa! 

¿Sí, eb? ¿Y cuanto importa el trajecito? 
Poca cosa. Una friolera. Como se trata de una borda- 
dora que tiene mucha conciencia... cien duros nada 
más. 

Cien duros. ¿Todo para ella por supuesto? 
¡Ya lo creo! Integro. 

No, creí que agradecida á usted le daría... 
Suele darme, pero no siempre, una pequeña cantidad, 
como limosna, ¿eb? porque es muy piadosa y carita- 
tiva. 

Ya. (No está mal pillo. ¿Cómo probaré yo á este hom- 
bre?) De modo que cien duros. No es mucho. El mes 
pasado le dio á usted mi mujer para no sé qué cosa 
también cincuenta; el anterior si mal no recuerdo fue- 
ron sesenta y así viene, desde hace más de un año, 
entregándole á usted cantidades para dedicarlas á és- 
ta ó la otra atención religiosa que usted le indica... 
Como sé que es tan piadosa... 

(Ahora me convenceré.) Muy piadosa (con alguna ira) 
para con usted. 
No entiendo, don Carlos. 

Ahora lo ontederá usted. Mientras que á usted le dá 
todas esas cantidades, á su marido, á mí me dá sola- 
mente un real para tabaco. ¿Qué dice usted á esto? 
Yo, ¿qué quiere usted que diga? 
En efecto, quien lo tiene que decir soy yo. Hablemos 
claro. No tiene usted más que un solo camino para 
seguir entrando en esta casa. 

(Algo sobresaltado.) ¿Cómo? ¿Qué quiere usted decir? 
(Este hombre sospecha.) 

Déjeme acabar. O me entrega usted la mitad del di- 
nero que recibe de mi mujer ó en esta mina, amigo 
mío, se acabó la explotación 
¡Don Carlos! Usted me ofende al pensar... 
(con tranquilidad.) Necesito una contestación categóri-^ 



— 21 — 

ca, ¿si ó no? Usted dirá. 

Claudio, (vacilando)- Yo, ante una resolución como esa, me veo 
en una situación difícil, no por mí, que nada quiero, 
sino por los intereses religiosos que represento. Mi 
negativa á su proposición sería perjudicarlos... así es 
que... 

Carlos' ¿Acepta usted? 

Claudio, (con resignación.) ¿Qué he de hacer? (Más vale algo que 
nada.) 

Carlos. Perfectamente. (Lo mismo que me había figurado.) En 
ese caso estamos de acuerdo, y ahora señor don Clau- 
dio, óigame usted. Yo necesito veinticinco duros 
irremisiblemente, así es que usted me hará el favor 
de entregármelos de la cantidad que reciba de m 1 
mujer como precio de ese traJ6cito. 

Claudio. Don Carlos, esa cantidad no me pertenece, es el pre- 
cio que ha puesto á su trabajo la bordadora. 

Carlos. Bien, bien, pues usted verá el modo de pedírselos á 
mi mujer. 

Claudio. Crea usted que tengo ya agotados todos los recursos, 
es decir, entiéndame usted. No sé en esta ocasión 
qué hacer, de qué medio me valga... Yo pensaré y... 

Carlos. Bueno, piense usted lo que quiera porque de lo con- 
trario, ya lo sabe. 

Claudio. Está bien. Ahora con su permiso me retiro. 

CARLOS. (con sequedad.) Vaya usted con Dios, (ciaudio se va por el 
foro tropezando en la puerta con Luis que entra con Adela.) 



ESCENA XI 
ADELA, LUIS y CARLOS 

LUIS. (En el foro dirigiéndose a Claudio). ¿Va usted Ciego? 

Carlos. ¡Luis! 

Luís. ¡Amigo del alma! (Entrando.) Por poco me deja caer. 

¿Quién es ese? 
Carlos. Un caballero de quien ya te hablaré. 



22 



Luis. 
Carlos. 
Adela. 
Carlos. 

Luis. 
Carlos. 



Adela. 



Luis. 
Carlos. 

Adela. 



Luis. 

Carlos. 

Luis. 
Carlos. 
Adela. 
Carlos. 

Luis. 



Adela. 
Luis. 



Carlos. 

Adela. 
Carlos. 



(Presentando á Adela.) Mi mujer. 

Señora... 
Caballero... 

Sentarse, amigos míos, (se sientan todos.) Cuanto tiempo 
sin verte, querido Luis. 
Es verdad, algunos años. 

Que he sentido no haber estado en casa cuando estu- 
vieron ustedes antes, pero á mi mujer se le antojó ir 
de tiendas y las tiendas para las señoras es el cuento 
de nunca acabar. 

E3 verdad. Y para los hombres es una molestia in- 
soportable. Nunca he podido conseguir que Luis me 
acompañe á compras. 

Eso es cuestión de pacieacia y yo no tengo ninguna. 
Pues mi mujer no quiere ir sola, y yo... 
La complace usted. Es lo más natural. No la va us- 
ted á dejar que vaya sola siendo tan joveacita. Si ca- 
si no tiene representación de casada. 
Eso 63 verdad. (¿ Carlos.) Yo te alabo la conducta. Lo 
que yo hago no es lo más prudente pero... 
(con extrañeza.) (¿Qué están diciendo?) ¿Pero ustedes la 
conocen? 

Ya lo creo. Llámala, hombre, llámala- 
Si ha vuelto á salir, pero no tardará. 
Nada, ha tenido usted muy buen gusto. Es muy linda. 
(Se burlan completamente.) No acierto á explicarme 
como la conocen ustedes, así es que estoy... 
En una confusión completa. ¡Claro! Pues yo te lo ex- 
plicaré. Cuando antes estuvimos aquí, mi mujer, que 
es muy curiosa, registró toda la habitación. 
¡Por Dios, Luis! 

Nada, si eso no tiene nada de particular, y se encon- 
tró sobre la chimenea los retratos de tu mujer y de 
tu suegra. Ya está explicado todo. 
(¡Ay, Dios mío de mi alma, han tomado á la sobrina 
por mi esposa!) 

Dispense usted que haya sido tan curiosa, pero... 
(Algo distraído.) No señora, si no me extraña. 



~ 23 — 

(a Carlos.) Qué poco se parece la madre á la hija, 
¿verdad? 

(Distraído y preocupado.) Sí, pOCO, muy poco. 
Nada, Carlillos, que has demostrado tener muy buen 
gusto. 

¡Vaya si lo ha tenido! Es muy mona. Debe usted 
quererla mucho, ¿no es cierto? 

Cierto, sí señora. (¿Y cómo digo que nó es esa? Se 
birlaría de mí.) 

Tiene una cara tan candorosa y tan angelical... 
Y demuestra una inocencia su semblante... 
Ustedes la favorecen demasiado. (¡Dios mío, que 
compromiso!) Diré á ustedes. No es lo que parece. 
Cómo, ¿uo es tan inocente? 

No, no me refiero á eso, sino á que no es tan bonita 
como ustedes creen. 

Vamos, hombre, ¿á qué viene esa tontería? si lo es, 
¿por qué no lo has de decir? 

.(Titubeando.) Antes lo era, sí, desde luego lo era, pero 
como los años no pasan en balde, ahora... 
¿Pero qué años son esos, si el retrato tiene puesta la 
fecha en que se hizo y no han pasado más que tres? 
(contrariado.) (Es verdad, la fecha del fallecimiento. 
¿Y qué digo?) Es que en esos tres años ha variado 
mucho. Está más fea y más jamona. 
(con extrañeza.) ¿Sí? ¿Y cómo se explica ese cambio? 
(vacilando.) Señora... ha tenido muchas enfermedades, 
¡muchas, muchas! 
¡Ay qué desgracia! 

Pero hombre, ¿qué enfermedades han sido esas para 
operarse esa transformación en tan poco tiempo? 
Te diré. Ha tenido sarampión, escarlata, pulmonía, ti- 
fus y viruelas negras. (Yo no sé lo que me digo, Dios 
mío.) 

¡Ave María Purísima! 

(mendo á carcajadas.) ¡Ja, ja, ja! Comprendido, com- 
prendido. Tú dices todo eso para que llevemos la sor- 
presa al verla y nos parezca mejor. Bueno, hombre, 



bueno. Ya esto}' deseando verla entrar para sorpren- 
derme. ¡Ja, ja, ja! ¡Qué ocurrencia! 
Carlos. (¡Pues ya verás que sorpresa!) 



ESCENA XII 



DICHOS y ROSA 



ROSA . (por el foro.) Ya estamos de vuelta, (viendo á Luis y á Adela.) 

¡Ah! 

Adela. (a luís.) (La suegra.) 

Rosa. Muy buenos días. 

Carlos. (¿Y qué hago yo ahora?) (a Rosa.) Mi antiguo amigo 
Luis Pérez... su esposa... mi... 

Luis. A los pies de usted. 

Rosa. Beso á usted la mano, caballero. Tengo mucho gusto 

en conocer á ustedes; pero tomen ustedes asiento. 
(se sientan Rosa junto á Adela y Luis al lado de Carlos.) 
(a Carlos.) Pues nada, hijo, no se ha podido celebrar la 
reunión de la conferencia. Después de mucho esperar 
llegó un recado de la presidenta, la condesa de la Pi- 
ta, diciendo que se hallaba indispuesta y no podía 
asistir. Bien podía haberlo avisado á tiempo y no nos 
hubiéramos molestado las demás en salir de casa, 
pero es tan jaquecosa y tan impertinente esa conde- 
sa... ¿Verdad, señora, que eso es un abuso? 

Adela. Cierto. 

Rosa. Ya lo creo. Si no fuera porque es de tan buen tono 

pertenecer á esa asociación, ya la había yo dejado. 

Adela. Mi mamá en Valencia también era de esa asociación. 

Rosa. Como que es muy elegante. ¡Vaya! 

Carlos. ¿De modo que ha sido un paseo inútil? 

Rosa. ¡Y tan inútil! ¿Y ustedes aquí mientras esperando? 

Luis. Pasando un rato muy agradable con mi amigo Carlos 

á quien ya hacía muchos años que no veía. 

Adela- (a Rosa.) Son íntimos amigos desde la niñez. 

Rosa. Ya, ya me lo ha dicho Carlitos. ¿Y ustedes hace mu- 



25 



Luis. 
Rosa. 

Adela. 



Rosa. 

Adela. 

Luis. 

Carlos. 

Rosa. 



Luis. 

Carlos. 

Adela. 

Rosa. 



Luis. 



Carlos. 
Rosa. 

Adela. 

Luis. 



Rosa. 



Adela. 
Rosa. 



cho que se casaron? 
Tres años próximamente. 

Y ya tendrán ustedes algún chiquitín. 

Tenemos un varoncito de dos años. Lo íbamos á traer, 
pero e3tá un poco acatarrado y lo dejamos en casa 
con la abuela. 

Lo querrán ustedes mucho, ¿verdad? 
Con delirio; pero lo quiere más mi mamá. 
(á Carlos.) (Oye> ¿pero dónde se ha quedado tu mujer?) 
(áLuís.) (No sé. Ya vendrá) (¡Qué compromiso!) 
Pues nosotros tenemos la desgracia de no tener nin- 
guno y un niño es la alegría en una casa, pero á mi 
marido no le gustan los chicos. 

(a Carlos.) (No me habías dicho que vivías con tu 
suegro.) 

Es que.... (Yo sudo.) 
Ya le gustarían si vinieran. 

Ya se vé. Como que es lo que yo le digo á Carlos. Un 
hijo es la unión en un matrimonio. La vida entonces 
es bien distinta. 

Y tan distinta, señora. Se rompe la monotonía y todo 
resulta agradable. Cadillos, si conocieras esa feli- 
cidad.... 

No, si yo.... 

No, no digas ahora lo contrario. Nunca lo has desea- 
do, pero yo sí. 

Como mamá, lo mismo que mamá. 
Como que el niño es la única distracción que tiene la 
abuela. Lo está echando á perder por que no lo con- 
traría en niguno de sus caprichos. Ayer, sin ir más 
lejos, nos echó á perder el sofá del gabinete. Jugando 
con un tintero dejó fotografiadas sus manitas en el 
sofá. 

¡Que monería! ¡Ay, si tuviéramos uno, con cuanto 
gusto le dejaría hacer esos retratos en todos los mue- 
bles de la casa! 

¿Ves, Luis? Como mamá, lo mismo que mamá. 
(Que tonta está esta niña con su mamá.) 



Carlos. Y apropósito de muebles. Si vieran ustedes qué raros 

son algunos de los que tenemos.... 
Rosa. ¿Pero no han visto la casa? 

Carlos. No, y á esta señora le gustaría.... 
Adela. Yo.... 

Rosa. Nada, venga usted conmigo y lo verá todo. 
Adlla. Bueno. 

Carlos. Nosotros nos quedamos aquí fumando uü cigarrillo. 
Rosa. Como ustedes quieran, (a Adela.) Pase usted. (s e van por 

la derecha. ) 



ESCENA XIII 



CARLOS y LUIS 



Luis. 

Carlos. 

Luis. 

Carlos. 

Luis. 

Carlos. 



Luis. 

Carlos. 

Luis. 

Carlos. 

Luis. 

Carlos. 



Pero oye, Carlos, ¿tu mujer dónde se ha metido? 

(señalando la puerta de la derecha.) En esa habitación. 
¿Es que no nos quiere recibir? 
Si ya ha recibido á ustedes. 
¿Qué estás diciendo? 

Sí, querido Luis. Mi mujer es la que habéis tomado 
por mi suegra, y esa niña del retrato 63 una sobrina 
suya que murió hace tres años, 
(sorprendido.) ¿Qué esa vieja es tu mujer? 
Esa. 

Pero si puede ser tu madre. 
¿Y qué quieres? esa es mi mujer. 
Vamos, comprendo. Te has casado con unas cuantas 
talegas. 

No, hasta ahora no me he casado más que con una, 
pero algún día tendré las demás. Escucha, amigo mío. 
Mi mujer posee una gran fortuna en Lima que admi- 
nistra un primo suyo y de la que recibimos una renta 
mensual de dos mil pesetas. Pues bien, toda esa for- 
tuna será mía porque mi esposa tiene otorgado testa- 
mento instituyéndome por su único y universal here- 
dero. 



— 27 — 

Se lograron tus deseos. 
Sí. 

¿Y eres feliz? 

Hoy no sé que coatestarte, pero tengo la esperanza de 
serlo y mucho. 

De modo que dos mil pesetas de renta mensual que 
unida á tu sueldo.... porque ya tu serás capitán co- 
mo yó. 

¡Capitán! Podría serlo si hubiese conservado el hon- 
roso uniforme de artillería. 
¿Qué, has hecho algún cambio de armas? 
Sí. Dasde hace dos años pertenezco á otro cuerpo. 
¿A cual? 

Al de rico almacenista de trigo. 
¿Eh? 

Mírame bien. Cazadora negra, pantalón negro, chale- 
co blanco y corbata verde. Este es el uniforme. 
No te entiendo. 

Que este es el traje que usó siempre mi papá suegro, 
y el que yo uso desde el día en que me casé, por gus- 
to de mi mujer. 
Vaya un gusto extravagante. 
Que yo tolero por no disgustarla. 
Claro, y para que el testamento no se revoque. 
Eso mismo. 

¿Be modo que pediste el retiro? 

Definitivo. Esta fué la condición para casarme que me 
puso mi mujer. No le gustan los militares. 
Ya veo, amigo Carlos, que vives supeditado. 
En efecto. Pero algún día se acabarán las privaciones. 
Soy joven y por razón natural viviré más que ella. 



ESCENA XIV 
DICHOS: ADELA y ROSA 

Adel^. (poria derecha, con Kosa.) Nada, señora, tiene usted pues- 
ta la casa con mucho gusto. (Marcándolas frases.) He VÍS- 
to cosas que me han llamado mucho la atención. 



— 28 — 

(a Luis.) (¿Sabes quién es la mujer de tu amigo?) 

Luis. (a Adela.) (Sí, ya me he enterado.) 

Adela. (a luís.) (No puedo contener la risa.) 

Luis. (a Adela.) (Ten prudencia.) 

Rosa. (a Carlos.) (¡Qué antipática es esa señora! ¡Pues no se 
ha sorprendido de que yo sea tu mujer! ¿Por quién 
me había tomado la muy tonta?) 

Carlos. (ARosa.) (Es un poco distraída, y...) 

Rosa. (ACarios con enojo.) (¡Tiene muy poca educación! ¡Reír- 

se en mi cara!) 

CARLOS. (a Rosa.) (Se reiría de Otra COSa.) (Dirigiéndose á Adela.) 
¿De modo que le ha gustado á usted?.... 

Adela. Todo lo que he. visto. Tiene usted muebles verdade- 
ramente notables, sorprendentes. Bien se conoce que 
tiene usted una posición desahogada. 

Rosa. (Marcando con intención.) ¡Y tan desahogada como es! 

ESCENA XV 

DICHOS y JUANA 

Juana. (p r el foro.) ¡ Señorita! 

Rosa. ¿Qué quieres? 

Juana. El cartero acaba de llegar, y.... 

Rosa. ¿Ha dejado carta? 

Juana. Sí señora, Tome usted. (La da y se va por el foro.) 



ESCENA XVI 

ADELA, ROSA, CARLOS y LUIS 

Rosa. (mirando el sobre ) De Lima, (a Carlos.) (Ahora verá esa 
cursilona si mi posición es desahogada.) Con el per- 
miso de ustedes. (Abre la carta y saca una letra que daá Carlos.) 
Mira, Carlos, aquí viene la letra de las dos mil pese- 
tas. La renta del mes. (Figura leer para sí.) Pero, ¿qué es 
esto? No escribe mi primo. ¡Ah! El que escribe es el 
otro administrador, (pausa, durante la cual figura leer para sí 
la carta dando señales de sorpresa y emoción y después exclama muy 
afligida.) ¡Dios mío! ¡Qué desgracia tan grande! 



- 29 — 

¡Jesús! 
Carlos. ¿Pero qué ocurre? 
Rosa. (Muy afligida.) ¡Para las ánimas! 

CARLOS. (con extrañeza.) ¿El qué? 

ROSA. (Dándole la carta.) Toma y lee. 

CARLOS. (Figurando leer para sí y después con naturalidad.) H aQ && 
muerto tu primo y deja su fortuna para sufragio de 
las almas del purgatorio. Bien, esto no pasa de ser una 
desgracia. Ya era tan viejo y.. . 

Rosa. Es que me tenía instituida heredera en su testamen- 

to anterior y lo ha revocado. 

Carlos. ¿Y qué razón hay para afligirse? ¿No tenernos bastan- 
te con tus bienes? Para nada nos hacen falta los su- 
yos. No te aflijas por eso, mujer. 

Rosa. (Muy compungida.) Es que los bienes que yo tenía eran 

' precisamente los que él me dejaba en su anterior tes- 
tamento. 

Carlos, (sobresaltado.) ¿Eh? ¿Qué estás diciendo? 

Rosa. Lo que oyes. 

Carlos. ¡No eran tuyos ! 

Rosa. No, pero iban á serlo á su muerte. 

Carlos. ¿Pero las dos mil pesetas que recibimos mensual- 
mente...? 

Era una pensión que me tenía señalada. 
¡Dios mío de mi alma, que desengaño! (cae abatido en 
una butaca.) 
Acaba de leer la carta, hombre. 

No puedo. Toma. (Dándosela-) 

(Figura leer para sí.) Vamos, no está todo perdido. Algo 
hay para ustedes. 
¿Qué dices? 

Que en la nueva disposición testamentaria hay un le- 
gado. Escucha. (Leyendo en voz alta.) "Teniendo noticia 
d@-eu casamiento con un joven militar á quien dobla 
la edad, lega á este, por analogía, y por una sola vez> 
la cantidad de tres mil pesetas, pues considera que 
ha de pasar á su lado las penas del purgatorio. 
¡Dios mío! 



- 30 - 

Adela. No se apure usted. (Toca el timbre.) 
Carlos. (Desesperado.) A más del desengaño, la burla. ¡Esto es 
el colmo! ¡Para las ánimas! ¡Para las ánimas! 



Juana. 
Adela.. 
Juana. 



Carlos. 

Luis. 

Luis. 



ESCENA XVII 

DICHOS y JUANA 

(poreiforo.) ¿Qué mandan los señores? 
Trae deseguida una poca de agua. 
Voy corriendo. ( Se vapor eiforo.) 

ESCENA XVIII 

ADELA, ROSA, LUIS y CARLOS 

¡Ay, querido amigo, qué desengaño! 

Animo, que para estas ocasiones es cuando hace 

falta. 

(con abatimiento.) No puedo. (Queda en la butaca mirando al 

suelo y apoyando la cabeza en las manos.) 



ESCENA ULTIMA 

TODOS 
Juana. (p or el foro con un vaso de agua.) Pase usted que aquí están 

los señores. (Acercándose^ Rosa y á Adela.) El agua. 

CLAUDIO, (porel foro al verla actitud de los demás.) (¿Qué sucederá?) 
(a Luis.) Caballero, ¿puede usted decirme lo que 
ocurre? 

Luís. Que ha muerto el primo que la señora tenía en Lima. 

Claudio. Dios lo haya perdonado. (Dirigiéndose á Rosa.) Señora, 
siento profundamente la desgracia que la aflija y pi- 
do al Señor le conceda fuerzas para encomendar su 
alma. 

CARLOS. ¿Quién está ahi? (Levantando la cabeza y mirando.) ¡"D<m 
Claudio! 

Claudio. Si señor. Acabo de enterarme de la desgracia acae- 
cida y miren ustedes lo que es la misericordia divina* 
Hoy se les presenta á ustedes ocasión para hacer 
algo por el alma del finado. Hoy se saca ánima- 



31 



Carlos. 

Claudio. 

Carlos. 

Luis. 

Carlos. 



Claudio. 
Carlos. 



Claudio. 
Carlos. 

Luis. 
Carlos. 



(Carlos hace uu movimiento de ira y amenaza que contiene Luis.) 
El altar de la parroquia donde se mandan sufragios 
se encuentra ruinoso. Su reedificación seria una obra 
muy laudable á los ojos de Dios y así es que espsro 
de los piadosos sentimientos que tanto os enaltecen, 
una limosna para las ánimas. 
(Levantándose con ironía y reprimiendo la ira.) ¿Que na dicho 

usted? 

(con mucha tranquilidad.) Que pido á los señores para 

las ánimas. 

¿Sí, eh? 

(a Carlos sugetándole por un brazo.) Calma, Carlos. 
(Reprimiéndose y con sarcasmo.) * uiga usted, ¿cuantas 

almas del purgatorio salen dando una moneda de 
cinco céntimos? 

¡Infinitas, don Carlos, infinitas! 

(Desbordándose en ira.) Pues ya se ha cerrado el purga- 
torio. No queda ninguna dentro ¿entiende usted? No 
queda nadie más que yo que lo voy á arrojar por el 
balcón si no se marcha pronto, por farsante y esta- 
fador. 
Pero... 

¡Fuera de mi casa. (y a ¿ cojer una silla para arrojársela á Claudio 
que se irá corriendo por el foro-) 
(Deteniéndolo en la acción.) ¡Por Dios, Carlos! 
(Dejándose caer abatido en la butaca.) No puedo más. ¡Ay 

amigo mío! ¡Qué feliz eres y qué merecido tengo 
lo que me ocurre! 



TELÓN, 



NOTA. — Gracias á las Srtas. Pierrat y Delage y á los Sres. Fer- 
nández, Echaide y Tojedo por la excelente interpreta- 
ción que hicieron de sus respectivos papeles. 

G. y M. 



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